Los relojes y las agendas nos han secuestrado el tiempo. Para liberarlo, necesitamos recuperar el contacto con los ritmos lentos de la vida. Por Manuel Núñez y Claudina NavarroEuropa ha impuesto al mundo la flecha del tiempo. Se disparó con el
Big Bang cósmico hace unos 16 millones de años y
se dirige desde el pasado al futuro a través del presente.
El pasado es una caja llena de momentos que fueron presente, pero que han desaparecido.
El futuro está compuesto por los instantes que esperan convertirse en presente. Es una concepción del tiempo que ha triunfado con la
civilización judeocristiana.
San Agustín escribió:
“El mundo fue creado con el tiempo, no en el tiempo.”La angustia es la emoción inevitablemente
asociada a esta forma de entender el paso del tiempo. El
estrés, la
fatiga y la
depresión modernos son otros
efectos secundarios. Nuestra
percepción lineal del tiempo es tan intensa que no podríamos entendernos sin saber cuándo nacimos y en qué año, mes, semana, día, hora y minuto nos encontramos. Y
organizamos toda nuestra vida en función de estas medidas.
No todos los seres humanos vivieron ni viven el tiempo así. Los incas, los mayas, los caldeos o los hindúes creían en la
sucesión ininterrumpida de distintas eras que formaban una rueda del tiempo. En el eterno retorno todo vuelve a suceder. La mayoría de pueblos indígenas ni siquiera tienen palabras para definir el pasado, el presente y el futuro. Los
inuit de la isla canadiense de
Baffin utilizan la misma palabra,
“uvaitiarru”, para referirse al pasado y al futuro lejanos. Los pueblos africanos
hadza, en Tanzania, y
mbuti en el Congo, nunca hablan del pasado y no conocen el concepto
“historia”.
Nuestra representación del tiempo es una completa abstracción. No hay ningún fenómeno natural que se corresponda con los segundos, los minutos y las horas. Su única realidad está en las máquinas que hemos creado. De hecho,
la ciencia moderna ni siquiera está segura de que el tiempo exista. Según los
físicos, es posible que todos
los acontecimientos se den de manera interdependiente y simultánea.
Julian Barbour, por ejemplo, sostiene que no existe el tiempo, sino el cambio. Cualquier cosa que sea definida como pasado, presente o futuro no es más que una ilusión; una percepción subjetiva.
Vivir sin programarTodos podemos gozar de la libertad de vivir el tiempo como queramos y de hacerlo de la manera más humana posible.
Hasta hace muy poco,
las personas asociaban el tiempo con acontecimientos biológicos, físicos y astronómicos concretos. El movimiento de la Tierra y la Luna nos daban los días, los meses y las estaciones. Los ciclos que rigen la vida de las plantas y de los animales y que nos permiten a los humanos abastecernos regularmente de alimentos definían también nuestra percepción del tiempo natural. Durante la mayor parte de la existencia humana, el calendario anual fue el marcador del tiempo a través de unos pocos hitos, como las fechas de los
equinoccios y los
solsticios.
El reloj, con sus horas, minutos y segundos,
comenzó a gobernar la vida de la gente con la industrialización. Como escribió el historiador y filósofo
Lewis Mumford:
“El reloj, no el motor de vapor, es la máquina clave de la Era Moderna”.
A lo largo del siglo XX, con la programación de las actividades que ha proporcionado la informática,
nos obsesionamos más y más con el tiempo de reloj y olvidamos el tiempo natural.
La iluminación artificial ha sido el otro gran factor que nos ha alejado de los ritmos naturales. Antes nos despertábamos con el amanecer, permanecíamos activos durante el día y nos reuníamos en torno al fuego protector cuando oscurecía. Ese es el modo de vivir al que estamos biológicamente adaptados y, según varias investigaciones científicas, seguramente e
l más conveniente para la salud física y mental.
El ser humano es un resultado de la evolución de la vida a lo largo de millones de años en el entorno natural.
La sucesión de días y noches y el paso de las estaciones están inscritos en los genes.
En el cuerpo se manifiestan ciclos diarios, mensuales y estacionales que gobiernan el sueño y la vigilia, la temperatura corporal, la secreción de hormonas, la división celular e infinidad de otros procesos fisiológicos.
Los ritmos de la tierraLos expertos en
cronobiología –la ciencia que estudia los ciclos en los seres vivos– aseguran que
la mañana y el anochecer son momentos importantes para sincronizar el reloj interno con los ritmos naturales. Despertarse con el sol permite que dejemos de segregar las hormona
melatonina y
prolactina, y estimulemos la producción de
serotonina, uno de los transmisores neuronales de la sensación de bienestar, así como de
cortisol, que nos activa.
También existen ciclos estacionales. A medida que se acerca el
verano, se alarga el tiempo en que estamos alerta, y los pulmones y el corazón aumentan su rendimiento. En
invierno, en cambio, nos enlentecemos, dormimos más, comemos mayores cantidades y acumulamos grasa con facilidad. Es una especie de hibernación durante la cual, según algunos autores, emerge una parte de la psique más tranquila y profunda.
Necesitamos recuperar la percepción del tiempo natural, que corre en función de ritmos astronómicos y biológicos.
Una opción sería
aprender a vivir el tiempo de las comunidades que mantienen una relación estrecha con la naturaleza. Según el psicólogo
Steve Taylor, éstas se caracterizan porque las personas están
menos centradas en sus egos. El grupo social y, sobre todo, el entorno físico forman parte de su identidad personal tanto como su cuerpo o su biografía.
Podemos poner el ego en el modesto lugar que le corresponde y reforzar los lazos que nos unen con la naturaleza a través de prácticas como la meditación, el servicio a los demás o las actividades que nos conectan con el entorno. El cuidado de animales y plantas o las salidas al campo con la mente abierta a sentir los cambios que se producen a lo largo del año pueden ayudarnos a escapar de la tiranía del tiempo lineal para
experimentar el presente de una manera más intensa y significativa.
El tiempo no existe¿Cuántas personas se pasan la vida buscando tiempo para cumplir con sus obligaciones o para hacer lo que realmente les satisfaría? Tiempo para estar con la familia y los amigos, tiempo para extasiarse con las bellezas naturales, tiempo para conocer y reflexionar… Pero
no podemos comprar el tiempo ni sacarlo de la nada. ¡Si no existe! Lo único que existe son las experiencias, así que nuestra única posibilidad es elegir el tipo de situaciones que queremos vivir.
La historia de las piedras ilustra la necesidad de establecer prioridades. Dice que un experto en gestión del tiempo quiso sorprender a los asistentes a su conferencia y, para ello, sacó de debajo del estrado un frasco de cristal grande y con la boca ancha. A continuación, lo colocó sobre la mesa, junto a una bandeja con piedras del tamaño de un puño, y preguntó:
“¿Cuántas piedras caben en el frasco?” Mientras los asistentes realizaban conjeturas, empezó a meter los cantos grandes hasta que llenó el bote. Entonces, preguntó:
“¿Está lleno?” Todo el mundo asintió. Sacó un cubo de grava y empezó a meterla en el recipiente mientras lo agitaba hasta que no cupo más.
“¿Está lleno ahora?”, preguntó de nuevo. Los asistentes dudaban. El experto sacó un cubo de arena y la volcó sobre el frasco. Se filtró por todos los espacios libres.
“¿Está lleno?” ¡No!, exclamaron los asistentes. Cogió una jarra de agua y la vertió en el frasco hasta que estuvo a punto de rebosar.
“¿Qué hemos demostrado?”, preguntó, y un asistente dijo:
“No importa lo llena que esté tu agenda, si lo intentas, siempre puedes hacer que quepan más cosas.” “¡No!”, respondió el conferenciante. “Lo que esta lección nos enseña es que si no colocas las piedras primero, nunca podrás hacerlo después.”
Disfrutar la espontaneidadA la hora de establecer prioridades, hay que distinguir lo urgente de lo importante. Independientemente de lo que sea
importante para nosotros, debería quedarnos tiempo suficiente para
entregarnos al disfrute a través de la espontaneidad. Hay que regalarse tiempo para perder. Cocinar una buena receta, charlar con un amigo sin límites, ver cómo juegan los niños o perderse un día entero por un pueblo que no conocemos, en lugar de visitar cinco. Cuando se vive de esta manera, que era la normal para nuestros abuelos, el día se alarga enormemente. En cambio,
el exceso de estímulos y actividades –relacionadas casi siempre en nuestra sociedad con la producción o el consumo– acortan el tiempo tanto como la calidad de las vivencias.
Un
dicho zen ilustra la actitud sabia frente al paso del tiempo:
“Sentado tranquilamente, sin hacer nada, la primavera viene y la hierba crece por sí misma.”Estrategias para seguir un ritmo humanoConectar con los ritmos naturales sirve para ganar conciencia y control sobre la propia vida. En primer lugar, debemos comprender que
cada persona tiene una experiencia diferente del tiempo y, por consiguente,
está en su derecho si quiere realizar cualquier actividad a su propio ritmo. Es importante centrarse en la tarea que estamos realizando y no en el plazo en que debemos terminarla. Por lo tanto, en la medida de lo posible, no nos impondremos términos que nos estresen.
Aprender a vivir el ahora, no en el pasado ni en el futuro, es el siguiente paso. Para ello, conviene
hacer sólo una cosa en lugar de dos o tres a la vez. Cultivaremos la concentración para que la mente no divague hacia el pasado o el futuro.
Cuando gracias a una motivación íntima nos sumergimos plenamente en una tarea, se desarrolla un estado de conciencia donde desaparece toda sensación de paso del tiempo y se experimenta un gozo y una libertad profundas. Ésta es la experiencia óptima que
Mihály Csíkszentmihályi ha denominado
“fluir”.
El tiempo para no hacer nada es crucial. A lo largo del día hay que encontrar momentos para divagar, reflexionar despreocupadamente, ver pasar las nubes… También hay que ser generosos con el tiempo que dedicamos a relacionarnos con las cosas y las personas sin perseguir objetivos.
Es la única manera de conectarse sincera y profundamente.
Con el paso de los años cambiamos la espontaneidad por los planes y las obligaciones. Es la razón de que el tiempo lento de la infancia se vaya acelerando.
Ser espontáneo significa estar dispuesto a jugar y estar abierto a la sorpresa. Los planes se pueden cambiar en función del momento.
La mañana y el anochecer son momentos importantes para sincronizar el reloj interno con los ritmos naturales. Despertarse con el sol activa las hormonas del bienestar y prepara para la actividad diaria. Cuando el sol se pone, debemos ir reduciendo la intensidad de la actividad y los estímulos (televisión, internet…). Una buena idea es acabar el día con la luz de las velas.
Contra el relojLo urgente no siempre es importante. Por ejemplo, el instante mágico que disfruta una pareja puede terminarse con la llamada de un teléfono móvil. Parece urgente contestar la llamada, pero debería prevalecer la importancia de la relación humana. No es mala idea estar disponible y utilizar el teléfono sólo a determinadas horas del día. Tampoco lo es dejar el reloj en un cajón y
desarrollar, en la medida de lo posible,
las actividades cotidianas siguiendo el propio ritmo, no el que viene dado desde fuera.
La agenda exhaustiva no es necesaria ni conveniente. En lugar de un rígido programa, con las horas asignadas a cada acontecimiento del día,
conviene seguir sencillos esquemas semanales y mensuales donde queden reflejadas las citas y el orden de tareas que tenemos que realizar sin asignarles un tiempo a cada una.
El objetivo es seguir el propio ritmo y no debería pasar nada si tenemos que hacer anulaciones o aplazamientos.
La rapidez es enemiga del ritmo humano en cierta manera. Es preferible andar a correr, la bicicleta al coche y el tren al avión.
La opción lenta frente a la rápida se puede trasladar a casi todos los ámbitos de la vida: la cocina
–podemos adscribirnos al movimiento Slow Food–, el amor, el trabajo, el ocio…
Fuente:
Revista Integral